Hay momentos relamente vacíos; algunos superficialmente presentes, otros intensamente incurables. Hoy es un día, o mejor, una madrugada, absolutamente vacía, como ninguna otra.
La luna despliega su belleza en el centro del azulado cielo, en la oscuridad más bien iluminada de esta noche. Las estrellas, por su parte, brillan con tímides detrás de una delgada capa de neblina; a pesar de la inmensa tristeza que se respira en el viento, siguen siendo hermosas, misteriosas, cautivadoras.
Vuelvo, después de mi breve distracción mirando al infinito, a pensar en lo que ha llenado mi aura de desilusión. Es frustante saber que se ha hecho todo bien, o quizás, mejor que eso, pero aún así no ha sido suficiente. Lastima insondablemente recordar todos los esfuerzos hechos para construir un sueño que fuese hermoso y envidiable, para descubrir que fueron erróneas las intuiciones de su ineludible materialización.
Empiezo a econtrarme en lo más íntimo de mis pensamientos y de mis sensaciones. Quiero culparte. Me gustaría que sintieras el dolor que atraviesa mi piel. Luego, sé que no lo haré. Primero porque probablemente sea algo que no te afecte, y no estoy interesado en procurar que así sea. Segundo, y mucho más importante, porque comienzo a creer que no tienes la culpa. Tu lo intentaste, y quisiste que fuera yo esa persona que siempre deseaste tener a tu lado. Desafortunadamente, tu intento fue fallido y seguramente hubieras preferido que no fuera así.
Mis intuiciones - que podrían nuevamente estar equivocadas- me dicen que soy yo el culpable. Que nadie, más que yo, tiene la responsabilidad de un iluso, de fantasear con cuentos de hadas cuando los protagonistas aún no han aceptado sus papeles. No puedo buscar comodínes que justifiquen mi destrozo. Lo sé. Soy yo el escritor de mi destino, y nadie posee culpas por lo que yo decida escribir en una historia de dos que carece de un correlator.
Quisiera afirmar que ahora me siento mejor, que intentar plasmar mi confusión en esta hoja de papel me ha traído claridad o zozobra. Pero no es así, es una pena. Cada palabra que coloco es solo una una espina más, una aguja más; un arma cortopunzante que perfora mi corazón con la promesa de anestesiarlo del dolor, pero cuyo objetivo es un imposible de antemano conocido.
En esta ocasión, como en otras anteriores de inmensurable melancolía, no es el líquido salado y cristalino proveniente de mis glándulas lagrimales, el reflejo del sentimiento mortorio que impregna mi alma de pesadumbre.
No puedo negar que conservo una discreta esperanza, un hecho extraordinario que reconstruya lo que hoy a quedado en ruinas. Sin embargo, eso es algo a lo que prefiero no dar mucho crédito. Las resurrecciones llevan consigo un manto de duda que me hace ser bastante escéptico frente a ellas. No quiero seguir soñando cuando la realidad me vapulea con insensibles garrotes. Además, ya no tengo mucho tiempo. Ese aroma crepuscular se torna expansivo y anuncia un funeral, uno que no dará espera.
En un silencio supulcral, y en una soledad abrumadora, acompañaré hasta su última morada a ese sentimiento que por primera vez permití germinar dentro de mí, pero que hoy es el causante de un llanto carente de lágrimas y lleno de incredulidad. Hoy, no quiero, pero tengo que despedir, en la más desolada de las madrugadas, a ese sueño que me impulsó a crear una realidad, a ese cuento que me hizo creer en seres mitológicos, a ese amor que me llevó a amar.
Hoy camino sólo, rumbo a la tumba. Asisto a un funeral en el que hubiera preferido nunca hacerme presente. Solo avanzo mientras retrocedo, solo pienso en sepultar este cadáver y seguir. Ahora es insignificante para mi que con él se quede parte de mi esencia, que junto a él se pierda mi fantasía.
lunes, 29 de marzo de 2010
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