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miércoles, 16 de septiembre de 2009

Camino lento, destino seguro

Su caminar lento puede ser signo de cansancio o de tristeza; su piel morena, una señal de que quizás su ascendencia no se asemeja a la de la mayoría de habitantes de esta ciudad. El lleva una maleta de cuero, color abano, al hombro; su tamaño no es relevante, tampoco su peso, pues es posible deducir por su forma que no lleva gran cosa dentro de ella.
El sol incandescente del medio día más una hora hace proliferar en su rostro los gestos de agotamiento o angustia. Está cansado, está claro, ¿de dónde viene? ¿Para dónde va? ¿Es larga la distancia que está recorriendo?, o ¿quizás es su edad lo que hace más difícil su andar? No debe pasar de los sesenta, pero tampoco han pasado menos de cincuenta años desde que su madre lo dio a luz.
Su paso es lento y su ritmo melancólico a lo largo de la avenida Campo Hermoso. Su mirada es distraída, algunas veces en el suelo, otras dirigida hacia el frente- pero no como si supiera para donde va, es sólo la forma de evitar un tropiezo-, y sólo en contadas ocasiones levanta su cabeza al azuloso cielo de este día soleado, movimiento que acompaña con el paso de su muñeca por la frente y así consigue limpiar el sudor que comienza a emerger de su cutis facial.
El puño cerrado en frente de su boca, una leve inclinación de su columna vertebral y una pausa corta para toser, son los rasgos de una escena que plantea otra hipótesis que podría explicar su parsimonioso caminar; puede ser un hombre enfermo.
Se detiene y mientras descansa mira el aviso gigantesco de una moderna clínica, ¿qué piensa en ese instante? ¿Pensaría en lo grato que sería ser atendido en un lugar así?, seguramente que si, pero también puede que a los dos segundos también hubiese podido pasar por su mente que eso tal vez nunca pasaría, pues a juzgar por su apariencia, su estrato socioeconómico no es muy alto.
Continúa su descenso y parece que su cuerpo se descuelga por atracción de la gravedad, y que el impulso que ha tomado para acelerar su paso está estrechamente ligado, no con su necesidad de llegar pronto, sino a la dificultad de sostener el peso de su propio yo, que se mueve como por inercia en una pendiente que se hace cada vez más pronunciada.
Por primera vez en más de quince cuadras vuelve su mirada hacia atrás y nota mi presencia, quizás fue por ese motivo que decidió cruzar la calle en la cebra más cerca que se encontró.
Es el final del recorrido para las busetas que van para Villapilar, pero el caminante continua su andar, toda vez que este control es apenas una estación más en su recorrido que, dicho sea de paso, no parece estar cerca de su término.
El paisaje urbano de edificios y un considerable flujo vehicular se empieza a transformar en zonas verdes, casas de bareque de un solo nivel y el paso aislado de una que otra buseta por encima del asfalto, a través del cual no hace mucho pasó alguno o algunos representantes del ganado vacuno- ya sea caballo o vaca- pues a su paso ha dejado una huella inconfundible de excremento fresco.
La carretera se hace angosta. Los camperos y volquetas que ahora circulan por los dos estrechos carriles amenazan con arrollar al caminante errante, no obstante, su pericia no es poca, y se sabe al pie de la letra la norma de trotamundos que indica que siempre hay que caminar en el sentido contrario al tráfico. Cuando su técnica no es suficiente, no le queda más de otra que pegarse al alambre de púas que separa la vía de los campos verdes de una finca cuyo dueño desconoce.
En un punto donde las ramas de un árbol impiden el paso de los inclementes rayos de sol, el caminante aprovecha para que el líquido que estaba en su vejiga con necesidad urgente de salir, lo haga a través del órgano que tantas veces ha hecho feliz a sus mujeres, para que esta vez sean las plantas las que gocen con sus beneficios.
Paso seguido, el caminante parece llegar a su destino, o al menos al de hoy. Abre una puerta enrejada, cruza un antejardín y se sienta en una de las cuatro mecedoras que hay en el pasillo de una casa de madera de enormes proporciones. Las otras dos sillas son ocupadas por igual número de mujeres, que perfectamente podrían ser su esposa y su hija. Desde afuera una foto para la ilustración de un texto de Rousseau con toda la carga de romanticismo posible, desde dentro, un enigma completo.